La vida en los Campamentos Era Ruda
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Crónica de la Concesión de Mares

La vida en los Campamentos Era Ruda

Última actualización 23 sept. 2014


Los trabajadores improvisaban sus camas en hamacas, en la tabla rasa o en el suelo llano, expuestos a las inclemencias que el medio les brindaba. No existía acueducto. El agua se tomaba directamente del río o de la lluvia, teniendo que recurrir en muchos casos a hoyos excavados en el suelo para que el hilito de agua llegara hasta ellos. Las infecciones intestinales, la viruela, la fiebre amarilla y el paludismo merodeaban por doquier. La quinina utilizada por la Troco como una panacea a tales enfermedades, se repartía cada día, de puesto en puesto, en rigurosa ración de gruesas píldoras que los obreros debían forzosamente consumir.

No se podría pasar por alto la gratitud que le adeudamos a aquellos primeros hombres del petróleo, hoy ignorados totalmente, que hicieron posible con su esfuerzo y sacrificio el florecimiento de esta importante industria en Colombia.

LOS CAMPOS PETROLEROS

Al aprobarse con algunas modificaciones el traspaso del contrato original a la Tropical, los trabajos en las petroleras se continuaron con mayor empuje. Para 1921 existía en Infantas un pequeño caserío de madera en el que se destacaban las viviendas de los empleados americanos y colombianos, campamentos para obreros, edificio para oficinas, casino americano, comisariato profusamente abastecido, hospital y botica con esmerada atención de enfermería, modestas cocinas donde los trabajadores tomaban su alimentación y taller de reparaciones. Estaba en servicio un carreteable de 38 kilómetros que comunicaba al campo con Barrancabermeja y se iniciaban los estudios y consecución de equipos para la construcción del ferrocarril. Había ya telégrafo, puesto de Policía y un acueducto que se beneficiaba del río La Colorada.
Funcionaba eficazmente el servicio telefónico con las oficinas de la Troco en Barrancabermeja ubicadas en una típica casa de madera de dos pisos que se construyó en el parque Bolívar diagonal a la iglesia de San Luis. El personal de obreros ascendía al millar y su mayor parte provenía de las montañas de Antioquia. Los extranjeros no pasaban de cien y mostraban en su lento proceso de adaptación toda una gama de extraños lenguajes, tradiciones, y nacionalidades que se conjugaban acordemente.

El amplio hospital levantado al pie del Puerto de Galán estaba provisto de farmacia, cincuenta catres metálicos, equipo de radiografia y era atendido con especial esmero por un médico extranjero y un ayudante colombiano. No muy lejos, una población bullanguera y alegre por cuyas polvorientas callejuelas circulaban aventureros, mercaderes y gentes de todas las estampas, observaba con sorpresa el desarrollo industrial que comenzaba a formarse en su suelo. Barrancabermeja al igual que su refinería empezó a crecer con un ritmo inusitado.





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