El Mulo
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Crónica de la Concesión de Mares

El Mulo

由 wpadmin 于 2014年9月23日 进行最近一次更新
El mulo


UNA CRONICA DE LA CONCESION DE MARES 

Los senderos abiertos por el paso de los hombres fueron las primeras vías de comunicación erigidas en las selvas de Infantas a través de las cuales se mostró al mundo la riqueza y bondad de nuestro suelo. Como en épocas primitives fueron el caballo y la mula el mejor medio de transporte que se pudo utilizar para trasladar personas, herramientas y vituallas de un lugar a otro. La mula sirvió como animal de carga y en muchos casos de tiro cuando se descubrió que podía halar rastras de tubería o materiales de trabajo.

Cuadrillas de hombres provenientes de Antioquia horadaron la montaña con pico, pala y carretilla para abrir el paso a vehículos motorizados y a las caravanas de obreros que pretendían sacar a la Tierra esa rica fuente de energía que se buscaba con avidez por todas partes. Los costeños, con su pelo apretado y piel color canela, provistos todos de abarcas de tres puntas, se vinieron en su mayoría de las sabanas de Bolívar atraídos por la fiebre de la buena paga. En aquellos años veinte la naciente población de Barrancabermeja se había convertido para tan trashumantes coterráneos en una rica tierra de promisión. Ellos acometieron la limpieza del monte descuajando la espesa selva a punta de hacha y machete, colaboraron en las labores generates de la naciente compañía y ejercieron, bajo órdenes dadas en un lenguaje para ellos extraño, las ayudantías en los campos de perforación.

Así surgieron los primeros caminos transitados por arrias. Así se construyó bajo muchas penalidades la banca del ferrocarril. Asi llegó a El Centro, hacia 1923, el primer carro para uso particular del superintendente de la Troco.

Infantas fué, entonces, el centro de las actividades. Allí se levantaron campamentos y viviendas de madera y zinc, que eran verdaderos conjuntos integrados fáciles de transportar. Rústicas construcciones de techo pajizo bajo el cual se atenuaba la sofocación de un clima abrasador sirvieron durante algún tiempo de hospital, botica y oficinas y en modestas enramadas funcionaron talleres y calurosas cocinas donde los trabajadores tomaban afanosamente su alimentación.

Un buen día a los americanos se les ocurrió cultivar una gran huerta que pudiera suministrar las principales verduras para su manutención. La idea fue de mister John Green, el viejo John. La dura labor de remover la tierra le fué asignada a un fuerte mulo de lisa piel color castaño claro, que por aquella circunstancia de haber sido adquirido bajo una orden de compra, se le marcó en sus ancas, fácilmente perceptible, el número 100. Tres jubilados que lo conocieron y que estuvieron viviendo en los campamentos de Infantas por aquella época, entre ellos el Tillo Durango, me comentaron con especial entusiasmo acerca del empuje, laboriosidad y resistencia a la fatiga que distinguían al Mulo 100. Cotidianamente, el brioso jamelgo iniciaba su faena a la misma hora en que comenzaba a trabajar la compañía y bajo el sol canicular, arrastraba impertérrito la pesada armazón de hierro y madera que sostenía el arado. Los tres coincidieron en que aquel arisco animal fue el mejor exponents de toda la mulería traída por el río Magdalena desde las lejanas y feraces tierras del Tolima.

Al cabo de algún tiempo, el Mulo 100 adquirió la singular costumbre de suspender sus quehaceres al momento de sonar la sirena que regulaba en el campo petrolero las horas de inicio y terminación de la labor. Cuando el ronco sonido, que se oía en toda la Concesión, señalaba la hora del almuerzo, el Mulo 100 no daba un paso más, se estancaba inerte y desafiante en el mismo sitio donde el pito sonoro lo sorprendía. Quien osaba intentar arrancarlo de aquel extraño hermetismo recibía una buena ración de coces que amenazaban su seguridad. Nadie pudo obligar a trabajar en ésta hora a tan caprichoso animal. Su agitación forzaba al arriero a darle su correspondiente porción de pasto fresco, salvado, o los trozos de panela con que se alimentaba.

El trabajo se reiniciaba una hora más tarde y el Mulo 100 dócil y brioso regresaba al surco, a su lenta rutina, hasta que la penetrante sirena de final de jornada lo hacía volver a las mulerías. Entretanto, en los laboratorios de San Petersburgo el fisiólogo Iván Pavlov daba a conocer al mundo entero su resonante descubrimiento sobre los reflejos condicionados, basado en el mismo fenómeno.

Varios años duró el Mulo 100 en la huerta de Infantas, que por cierto nunca produjo la exuberancia que los americanos quisieron obtener de tan pródigo suelo. Como cualquier ejemplar de la recua permaneció en las mulerías el tiempo que tardó en pagar con la ruda faena el precio de su compra. Mister Sinclair tenía la misión de sacrificar en el cerro Remolinos de Los Venados, cerca al río La Colorada, a todo mular que depreciaba el valor de su adquisición. Quizá por su reputación tuvo piedad del Mulo 100 y lo vendió, a escondidas de los gringos, en una finca del Carare cercana a Puerto Berrío. Por el importe que recibió, Mr. Sinclair se volvió perdonavidas, ilícita cualidad por la cual le dieron, igual que al Mulo 100, el vale de su desvinculación.

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