
La Fundación Ecopetrol para
el desarrollo de catatumbo ha
capacitado a más de 10 mil
personas en una de las regiones
más conflictivas y de mayor
desplazamiento del país.
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Proyectos que benefician a familias desplazadas
CON PISO FIRME
Con el apoyo de ecopetrol, la Fundación del Catatumbo
llega a sus 15 años redimiendo la situación social de
más de 5 mil familias campesinas.
Por Erika Contreras
¿Qué pueden tener en común
la dueña de una finca cacaotera
y una artesana de la arcilla?
Casi todo. Las dos son
hijas de una de las regiones
más azotadas por el conflicto
armado en Colombia: la región del
Catatumbo. Las dos son madres. Las
dos han tenido que aprender a conjugar
el verbo “empezar de nuevo”. Las
dos trabajan en temas que tienen que
ver con las vocaciones productivas de
su región. Las dos tienen proyectos de
vida a largo plazo.
Cada una pertenece a una asociación
de productores, de esas que han
hecho posible que el crédito f luya
en el campo hasta los más pequeños
propietarios. Las dos han encontrado
un nuevo camino para sus vidas y
las de sus hijos gracias al apoyo de la
Fundación Ecopetrol para el desarrollo
del Catatumbo (Fundescat).
Belén Peñaranda, madre de cinco hijos
y ex caficultora, tuvo que cambiar de
actividad hace cuatro años cuando la
roya, la broca y especialmente el cambio climático terminaron ubicando su finca
en lo que los expertos llaman “zona
marginal baja cafetera”, lo que significa que su café ya no era apto para que
la Federación Nacional de Cafeteros se
lo comprara para exportar.
Edes Torcorama, madre de tres hijos
y ama de casa en su finca del municipio
de Convención, tuvo que dejarlo todo
hace seis años bajo amenaza de muerte.
Llegó a Cúcuta con el segundo de sus
hijos, dejando a su hija mayor en la finca
de la abuela. También se tuvo que separar
temporalmente de su esposo, que
consiguió trabajo en Ureña.
Belén estaba trabajando como docente
del programa departamental para
adultos “Transformemos” en su pueblo
Sardinata, cuando la Fundación inició la segunda fase del proyecto de cacao,
ofreciendo oportunidad de crédito asociativo
y asistencia técnica a 240 familias
campesinas.
El objetivo era que, unidas, las familias
montaran en cada finca unidades
productoras de cinco hectáreas de cacao
tecnificado, con dos beneficios adicionales: media hectárea de tierra y un
cuarto de hectárea para riego, dadas a
cada familia por Ecopetrol.
Por su parte Edes, quien nunca antes
había trabajado, necesitaba con urgencia
encontrar una fuente de ingreso para
contribuir con la economía de su familia
dividida por la violencia. Fue entonces
cuando Fundescat inició el Proyecto de
Arcilla y convocó a un grupo de desplazados
de Scalabrini, comunidad en las
afueras de Cúcuta, para que montaran
una cooperativa donde podían aprender
haciendo baldosas de arcilla artesanal
como valor agregado a la ladrillera-tejar
creada bajo la sombrilla del mismo
proyecto.
El proyecto de arcilla surgió teniendo
en cuenta la necesidad de encontrar
una actividad económica sostenible y
con una curva de aprendizaje rápida
y relativamente poco tecnificada para
90 familias de desplazados. La idea era
aprovechar la valorización que ha tenido
la arcilla que producen las colinas de
Cúcuta, donde esta materia prima es reconocida
por su color y textura.

Son dos las asociaciones campesinas de la Fase II del proyecto de cacao
en el que
están trabajando 240 familias.
Además, se tuvo en cuenta la oportunidad
de exportar no sólo ladrillos y
tejas, sino también baldosas elaboradas
manualmente para viviendas estilo
rústico a un mercado ávido de esos
productos: Venezuela, donde en los últimos
años se ha dado un auge urbanizador
importante.
El proyecto de cacao es una de las
mayores muestras de la experiencia acumulada
en 15 años ininterrumpidos de
trabajo social de la Fundación en esta
región del nororiente colombiano. El
Proyecto de arcilla, por su parte, prueba
que no todo está perdido cuando el
desplazamiento atomiza las familias y
acaba con el arraigo campesino.
La única que se quedó
A principios de la década pasada, el municipio
de Tibú y muy especialmente el
corregimiento de La Gabarra fueron escenario
de los primeros desplazamientos
masivos por el control territorial de
fuerzas armadas al margen de la ley.
Entonces la guerrilla y luego los paramilitares
fueron convirtiendo esta
zona del país en un punto rojo en los
mapas de los violentólogos. No había
ONG o fundación que se le midiera a
permanecer allí, a continuar trabajando.
Fundescat sí.¿La razón? Su origen mismo. La
fundación nació precisamente cuando
empezaba la violencia en 1992 y a raíz de un diagnóstico hecho por la
Diócesis compartido por Ecopetrol y
las alcaldías de Tibú y El Tarra y luego
el Sena y la Gobernación de Norte
de Santander.
El diagnóstico establecía que la presión
en el pueblo estaba aumentando
exponencialmente porque estaban llegando
los desplazados por la violencia
del campo, sin oportunidad alguna de
trabajo en espacios urbanos.
Entonces Ecopetrol y la Diócesis firmaron
un convenio con otra fundación petrolera,
la Fundación para el Desarrollo del
Magdalena Medio (Fundesmag) que trabajó un año en las principales metodologías
para impulsar el desarrollo productivo
de ese momento: creación de microempresas,
famiempresas y créditos rotativos
para grupos y núcleos solidarios.
Cuando terminó el convenio, se creó Fundescat, que recibió su personería jurídica
el 30 de noviembre de 1992.
Cambio de norte
Hace 5 o 6 años la Fundación tenía más
o menos 70 líneas productivas de trabajo:
tenderos, cultivadores de arroz y sorgo,
vendedores de cerdo en casetas de
comida rápida y dueños de puestos en
las plazas de mercado, entre otras.
Pero al hacer una juiciosa evaluación
del camino recorrido, esta entidad
llegó a una conclusión tan contundente
como aterradora: la gran mayoría de
los campesinos migrados a las cabeceras
municipales y apoyados con recursos
de los créditos de la Fundación no
habían logrado articular proyectos productivos
con futuro.
Tan fácil se asociaban para recibir los
recursos del crédito, como se separaban
al menor contratiempo con sus negocios
y, dado el nivel de preparación de
los asociados, los contratiempos eran
muy frecuentes.
Lo único que se salvaba de esta
fuerte autocrítica era lo relacionado
con los programas de seguridad alimentaria.
Aquellas iniciativas que
brindaban un apoyo asistencial a quienes,
definitivamente, no estaban en
capacidad de emprender ninguna actividad
sostenible.
Por eso la fundación se dio a la tarea de
reorientar su trabajo. “Estábamos trabajando
en ocupar a los desplazados
por la violencia en lugar de prevenir
el desplazamiento. Ahora invertimos
la ecuación –explica Liliana Noriega,
directora de la Fundación Catatumbo
desde hace 12 años−. La mayoría de
nuestros esfuerzos y recursos económicos
están orientados hoy a trabajar
proyectos rurales para evitar precisamente
que la gente se venga a las ciudades
a engrosar los cordones de miseria
y por el contrario establezca proyectos
generadores de empleo y sostenibles en
el largo plazo”.
Enseñando a pescar
La filosofía social de la fundación es, en
palabras de su directora: “Venga, forme
su proyecto de vida, organícelo con su
familia, quiéralo, aprópiese de él y esta
zona va a cambiar.”
Ya ha cambiado. Sí que ha cambiado.
En sólo dos años con proyectos ya en
producción –como la Fase 1 de Cacao,
que llegó a 350 familias, por ejemplo−,
la fundación ha creado, en una de las regiones
más violentas del país, el milagro
de más de 2.500 ocupaciones productivas
en proyectos con una expectativa de
25 y 30 años de generación de ingresos
para esas familias.
Asimismo ha capacitado en distintos
temas a más de 10 mil personas.
La entidad cuenta ahora con recursos
de cooperación internacional y
con el apoyo en gestión de operadoras
internacionales de esos recursos
tan prestigiosas como Midas y la
Organización Interamericana para las
Migraciones (OIM).
En un solo día de recorrido por los proyectos
de la fundación, Liliana atropella
sus palabras. Cita aliados, habla de respaldo
internacional, ofrece cifras sobre
el éxito económico de cada iniciativa,
se refiere al proyecto de yuca industrial
para concentrados de animales, luego
salta a las diferentes líneas de formación
que está manejando –del medio ambiente,
a los aspectos técnicos de cada
proyecto, de creación de empresa, a la
formación humana−, habla un poco de
la administración de convenios que hace
para Ecopetrol y otro poco de la línea de
seguridad alimentaria, que es imprescindible
en una región como esta.
Ella es, con sobradas razones, la
más optimista sobre el futuro del
Catatumbo: “Aquí es donde uno dice:¡En este país es mucho lo que se puede
hacer!”.
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EL ABC DE FUNDESCAT
- Fecha de creación: 30 de noviembre
de 1992.
- Socios Fundadores: Diócesis de Tibú, alcaldías de Tibú y El Tarra,
Ecopetrol y la Gobernación de
Norte de Santander.
- Área de influencia actual: Tibú, El
Zulia, Sardinata, Puerto Santander
y Cúcuta, en Norte de Santander
y Arauca.
- Beneficiarios: 5 mil contando usuarios
en programas de capacitación sin vinculación
a proyectos productivos.
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Gladys María Mena, de la cooperativa de
trabajo asociado de arcilleros de
Cúcuta,
troquela piezas para elaborar baldosas
artesanales.
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