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Carta Petrolera
EDICIÓN 118
febrero de 2008


La Fundación Ecopetrol para
el desarrollo de catatumbo ha
capacitado a más de 10 mil
personas en una de las regiones
más conflictivas y de mayor
desplazamiento del país.

 

Proyectos que benefician a familias desplazadas

CON PISO FIRME

Con el apoyo de ecopetrol, la Fundación del Catatumbo llega a sus 15 años redimiendo la situación social de más de 5 mil familias campesinas.


Por Erika Contreras

¿Qué pueden tener en común la dueña de una finca cacaotera y una artesana de la arcilla? Casi todo. Las dos son hijas de una de las regiones más azotadas por el conflicto armado en Colombia: la región del Catatumbo. Las dos son madres. Las dos han tenido que aprender a conjugar el verbo “empezar de nuevo”. Las dos trabajan en temas que tienen que ver con las vocaciones productivas de su región. Las dos tienen proyectos de vida a largo plazo.

Cada una pertenece a una asociación de productores, de esas que han hecho posible que el crédito f luya en el campo hasta los más pequeños propietarios. Las dos han encontrado un nuevo camino para sus vidas y las de sus hijos gracias al apoyo de la Fundación Ecopetrol para el desarrollo del Catatumbo (Fundescat).

Belén Peñaranda, madre de cinco hijos y ex caficultora, tuvo que cambiar de actividad hace cuatro años cuando la roya, la broca y especialmente el cambio
climático terminaron ubicando su finca en lo que los expertos llaman “zona marginal baja cafetera”, lo que significa que su café ya no era apto para que la Federación Nacional de Cafeteros se lo comprara para exportar.

Edes Torcorama, madre de tres hijos y ama de casa en su finca del municipio de Convención, tuvo que dejarlo todo hace seis años bajo amenaza de muerte. Llegó a Cúcuta con el segundo de sus hijos, dejando a su hija mayor en la finca de la abuela. También se tuvo que separar temporalmente de su esposo, que consiguió trabajo en Ureña.

Belén estaba trabajando como docente del programa departamental para adultos “Transformemos” en su pueblo Sardinata, cuando la Fundación inició la segunda fase del proyecto de cacao, ofreciendo oportunidad de crédito asociativo y asistencia técnica a 240 familias campesinas.

El objetivo era que, unidas, las familias montaran en cada finca unidades productoras de cinco hectáreas de cacao tecnificado, con dos beneficios adicionales: media hectárea de tierra y un cuarto de hectárea para riego, dadas a cada familia por Ecopetrol.

Por su parte Edes, quien nunca antes había trabajado, necesitaba con urgencia encontrar una fuente de ingreso para contribuir con la economía de su familia dividida por la violencia. Fue entonces cuando Fundescat inició el Proyecto de Arcilla y convocó a un grupo de desplazados de Scalabrini, comunidad en las afueras de Cúcuta, para que montaran una cooperativa donde podían aprender haciendo baldosas de arcilla artesanal como valor agregado a la ladrillera-tejar creada bajo la sombrilla del mismo proyecto.

El proyecto de arcilla surgió teniendo en cuenta la necesidad de encontrar una actividad económica sostenible y con una curva de aprendizaje rápida y relativamente poco tecnificada para 90 familias de desplazados. La idea era aprovechar la valorización que ha tenido la arcilla que producen las colinas de Cúcuta, donde esta materia prima es reconocida por su color y textura.


Son dos las asociaciones campesinas de la Fase II del proyecto de cacao
en el que están trabajando 240 familias.

Además, se tuvo en cuenta la oportunidad de exportar no sólo ladrillos y tejas, sino también baldosas elaboradas manualmente para viviendas estilo rústico a un mercado ávido de esos productos: Venezuela, donde en los últimos años se ha dado un auge urbanizador importante.

El proyecto de cacao es una de las mayores muestras de la experiencia acumulada en 15 años ininterrumpidos de trabajo social de la Fundación en esta región del nororiente colombiano. El Proyecto de arcilla, por su parte, prueba que no todo está perdido cuando el desplazamiento atomiza las familias y acaba con el arraigo campesino.


La única que se quedó

A principios de la década pasada, el municipio de Tibú y muy especialmente el corregimiento de La Gabarra fueron escenario de los primeros desplazamientos masivos por el control territorial de fuerzas armadas al margen de la ley.

Entonces la guerrilla y luego los paramilitares fueron convirtiendo esta zona del país en un punto rojo en los mapas de los violentólogos. No había ONG o fundación que se le midiera a permanecer allí, a continuar trabajando. Fundescat sí.¿La razón? Su origen mismo. La fundación nació precisamente cuando empezaba la violencia en 1992 y
a raíz de un diagnóstico hecho por la Diócesis compartido por Ecopetrol y las alcaldías de Tibú y El Tarra y luego el Sena y la Gobernación de Norte de Santander.

El diagnóstico establecía que la presión en el pueblo estaba aumentando exponencialmente porque estaban llegando los desplazados por la violencia del campo, sin oportunidad alguna de trabajo en espacios urbanos.

Entonces Ecopetrol y la Diócesis firmaron un convenio con otra fundación petrolera, la Fundación para el Desarrollo del Magdalena Medio (Fundesmag) que trabajó un año en las principales metodologías para impulsar el desarrollo productivo de ese momento: creación de microempresas, famiempresas y créditos rotativos para grupos y núcleos solidarios.

Cuando terminó el convenio, se creó Fundescat, que recibió su personería jurídica el 30 de noviembre de 1992.


Cambio de norte

Hace 5 o 6 años la Fundación tenía más o menos 70 líneas productivas de trabajo: tenderos, cultivadores de arroz y sorgo, vendedores de cerdo en casetas de comida rápida y dueños de puestos en las plazas de mercado, entre otras. Pero al hacer una juiciosa evaluación del camino recorrido, esta entidad llegó a una conclusión tan contundente como aterradora: la gran mayoría de los campesinos migrados a las cabeceras municipales y apoyados con recursos de los créditos de la Fundación no habían logrado articular proyectos productivos con futuro.

Tan fácil se asociaban para recibir los recursos del crédito, como se separaban al menor contratiempo con sus negocios y, dado el nivel de preparación de los asociados, los contratiempos eran muy frecuentes.

Lo único que se salvaba de esta fuerte autocrítica era lo relacionado con los programas de seguridad alimentaria. Aquellas iniciativas que brindaban un apoyo asistencial a quienes, definitivamente, no estaban en capacidad de emprender ninguna actividad sostenible.


Por eso la fundación se dio a la tarea de reorientar su trabajo. “Estábamos trabajando en ocupar a los desplazados por la violencia en lugar de prevenir el desplazamiento. Ahora invertimos la ecuación –explica Liliana Noriega, directora de la Fundación Catatumbo desde hace 12 años−. La mayoría de nuestros esfuerzos y recursos económicos están orientados hoy a trabajar proyectos rurales para evitar precisamente que la gente se venga a las ciudades a engrosar los cordones de miseria y por el contrario establezca proyectos generadores de empleo y sostenibles en el largo plazo”.

Enseñando a pescar

La filosofía social de la fundación es, en palabras de su directora: “Venga, forme su proyecto de vida, organícelo con su familia, quiéralo, aprópiese de él y esta zona va a cambiar.”

Ya ha cambiado. Sí que ha cambiado. En sólo dos años con proyectos ya en producción –como la Fase 1 de Cacao, que llegó a 350 familias, por ejemplo−, la fundación ha creado, en una de las regiones más violentas del país, el milagro de más de 2.500 ocupaciones productivas en proyectos con una expectativa de 25 y 30 años de generación de ingresos para esas familias.

Asimismo ha capacitado en distintos temas a más de 10 mil personas. La entidad cuenta ahora con recursos de cooperación internacional y con el apoyo en gestión de operadoras internacionales de esos recursos tan prestigiosas como Midas y la Organización Interamericana para las Migraciones (OIM).


En un solo día de recorrido por los proyectos de la fundación, Liliana atropella sus palabras. Cita aliados, habla de respaldo internacional, ofrece cifras sobre el éxito económico de cada iniciativa, se refiere al proyecto de yuca industrial para concentrados de animales, luego salta a las diferentes líneas de formación que está manejando –del medio ambiente, a los aspectos técnicos de cada proyecto, de creación de empresa, a la formación humana−, habla un poco de la administración de convenios que hace para Ecopetrol y otro poco de la línea de seguridad alimentaria, que es imprescindible en una región como esta.

Ella es, con sobradas razones, la más optimista sobre el futuro del Catatumbo: “Aquí es donde uno dice:¡En este país es mucho lo que se puede hacer!”.



EL ABC DE FUNDESCAT

  • Fecha de creación: 30 de noviembre de 1992.
  • Socios Fundadores: Diócesis de Tibú, alcaldías de Tibú y El Tarra, Ecopetrol y la Gobernación de Norte de Santander.
  • Área de influencia actual: Tibú, El Zulia, Sardinata, Puerto Santander y Cúcuta, en Norte de Santander y Arauca.
  • Beneficiarios: 5 mil contando usuarios en programas de capacitación sin vinculación a proyectos productivos.


Gladys María Mena, de la cooperativa de trabajo asociado de arcilleros de
Cúcuta, troquela piezas para elaborar baldosas artesanales.

   
   
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