
Las dos refinerías
atienden un promedio de 12 remolcadores
al mes, ya sea cargando o descargando
producto.
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Día
3: cunde el desespero
De nuevo son las cinco de la mañana.
Lo sé porque a esa hora Pablo, uno de
los pilotos, prende los tres motores del
remolcador. El sonido ensordecedor de
las máquinas hace que abandone inmediatamente
el camarote y me una al agitado
ritmo que desde temprano se vive
en el Humberto Muñoz.
¿Capitán, hoy a dónde
llegamos?, pregunto ansiosa. “Es impredecible,
ya te lo he dicho, podemos encallarnos
en alguna playa o algo”.
Bueno, pero suponiendo que no pase
nada?- vuelvo a insistir-.”No me gusta
aventurarme con un dato, pero si
todo marcha bien podremos llegar a
La Gloria, Cesar”, afirma el capitán
Ariza ante la mirada complacida de su
nueva e impaciente alumna. Tal vez
la única impaciente que queda en el “Humberto Muñoz”.
Esa noche no llegamos a la Gloria, ni
al cielo. Atracamos en un paraje inhóspito
y más oscuro que la noche misma. “Por
eso no me gusta prometer nada, porque con el
río nunca se sabe”,
me
dice el capitán tan pronto nota mi semblante
desencajado.
Vuelvo a la calma cuando recuerdo
que Fermina y Florentino quedaron
encallados durante una semana
en medio de la nada. Así que era me jor
dormir en donde fuera a durar encallados
sabrá Dios cuánto.
Día 4: el susto
El cuarto día a bordo traía como
aliciente
la posibilidad de dormir en Yatí,
una población ubicada a 5 minutos de
Magangue, Bolívar. Era muy emocionante
porque desde nuestra llegada a
San Pablo no habíamos pisado tierra
firme y además porque Julio Cabrera,
el otro piloto, me había prometido que
de no llegar en el día navegaríamos
de
noche hasta ese sitio, pues ya en ese
punto el nivel de navegabilidad es mucho
mejor. Es decir, conocería la navegación
nocturna.
Dicho y hecho, no llegamos de día
así que después de oscurecer tuvimos
que continuar la marcha.
De repente el faro se dañó y el
río se
puso más bravío que nunca, como
en
una macabra y secreta confabulación.
El Magdalena nos recordó quien mandaba
e hizo girar al remolcador con todo y
carga. Quedamos como si regresáramos
de nuevo a Barrancabermeja.
En medio del agite alcanzamos a rozar
un montículo de tierra, lo que ocasionó una
chispa en uno de los amarres metálicos
de los botes. Todos palidecimos y no era para
menos, habría podido ocurrir
algo grave debido al nivel explosivo de
nuestra carga. Agradecí a Dios que en
los
botes no tuviéramos nafta o ACPM porque
son combustibles más volátiles.
Una vez el faro se compuso continuamos
la marcha. Al cabo de un rato
avistamos el municipio de Magangue.
Las lucecitas navideñas en la iglesia
y
en varias casas nos indicaban que era
el día de las velitas. “Aquí uno
se olvida
que día es. Sabemos cuando es domingo
porque desayunamos chocolate”,
dice sonriendo Pablo Mejía, el segundo
piloto de la embarcación.
Son las 9:30 de la noche y el día laboral
aún no termina. Los marineros
ayudan en el atraque del remolcador y
organizan nuevamente la carga. Como al
día siguiente pasaremos por el canal del
Dique que es más estrecho que el río,
es
necesario rearmar el convoy no de cuatro
hileras como ahora sino de dos. “No se
puede más ancho. Si hay más botes
deben
amarrarse no importa el largo, pero
siempre de a dos”, dice Eduardo Ramírez
otro de los marineros.

A la una de la mañana se termina la
tarea de acomodar los botes y nos vamos
a descansar.
Al quinto día llegamos a Calamar y
tomamos enseguida el canal del Dique.
Al final de la tarde volvimos a atracar en
un paraje inhóspito. Ese 8 de diciembre
tampoco fue celebrado en el remolcador,
al contrario, todos dormimos temprano
pues la jornada anterior había sido
agotadora. Esa noche teníamos como
aliciente que al día siguiente terminaríamos
de atravesar el Canal y llegaríamos
a Cartagena.
El sábado a mediodía, luego de
seis
días de estar en el agua, ingresamos por
fin a la bahía de Cartagena. El paso al
mar es pacífico y sólo se nota
que cambiamos
de escenario por los edificios que
se ven a lo lejos y el canto de las gaviotas
y pelícanos. El aire ya huele a sal.
Desde la ventana veo varios buques
que están abasteciéndose o entregando
carga. Son inmensos, incomparables a
nosotros. No importa que nuestra carga
sea larga, casi como una gran pasarela,
al lado de ellos nos vemos insignificantes.
Cuando por fin tocamos tierra tuve
sentimientos encontrados, por un lado
la alegría de culminar con éxito
la travesía,
pero por el otro la nostalgia de
abandonar a quienes se habían convertido
en mi familia y única compañía
durante
seis días inolvidables.
Al bajar del remolcador me pareció ver a Florentino y a Fermina despidiéndome.
Con ellos se iba una semana macondiana
y distinta.
Lo último que recuerdo de la travesía
fue al Capitán organizando a los
marineros para iniciar el descargue de
combustóleo a uno de los tanques de
la refinería de Cartagena. Ahí di
media
vuelta y partí. Iba con una gran sonrisa
por el agrado del deber cumplido,
sin embargo, ahora que lo pienso, creo
que la razón fundamental de mi felicidad
era que el retorno a mi casa, sería
en avión.
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DOCE REMOLCADORES AL MES
El sistema de transporte fluvial es muy
rentable teniendo en cuenta
que es el más económico y
permite enviar cantidades considerables
de carga. Tal vez el principal inconveniente
de esta modalidad ocurre
en época de sequía, cuando
los niveles del río bajan dificultando
así la navegación de carga.
Pese a esto, en promedio las dos refinerías
atienden 12 remolcadores
al mes, ya sea cargando o descargando producto.
La mayoría de
la carga va desde la refinería de
Barrancabermeja a la de Cartagena,
en donde despachan el producto dentro del
país o fuera de él.
Los combustibles que más se transportan
por el río son en su orden,
el combustóleo, la nafta craqueada
y el ACPM. En lo que va
corrido del año se han despachado
5 millones 500 mil barriles de
combustóleo, 1 millón 209
mil barriles de nafta craqueada y 1 millón
de barriles de ACPM. Otros productos como
el alquilato, el gasóleo
y la nafta virgen, también son transportados
por vía fluvial. |
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