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Carta Petrolera
EDICIÓN 116
diciembre 2006
enero 2007


Las dos refinerías atienden un promedio de 12 remolcadores al mes, ya sea cargando o descargando producto.

 

Día 3: cunde el desespero
De nuevo son las cinco de la mañana. Lo sé porque a esa hora Pablo, uno de los pilotos, prende los tres motores del remolcador. El sonido ensordecedor de las máquinas hace que abandone inmediatamente el camarote y me una al agitado ritmo que desde temprano se vive en el Humberto Muñoz.

¿Capitán, hoy a dónde llegamos?, pregunto ansiosa. “Es impredecible, ya te lo he dicho, podemos encallarnos en alguna playa o algo”. Bueno, pero suponiendo que no pase nada?- vuelvo a insistir-.”No me gusta aventurarme con un dato, pero si todo marcha bien podremos llegar a La Gloria, Cesar”, afirma el capitán Ariza ante la mirada complacida de su nueva e impaciente alumna. Tal vez la única impaciente que queda en el “Humberto Muñoz”.

Esa noche no llegamos a la Gloria, ni al cielo. Atracamos en un paraje inhóspito y más oscuro que la noche misma. “Por eso no me gusta prometer nada, porque con el río nunca se sabe”, me dice el capitán tan pronto nota mi semblante desencajado. Vuelvo a la calma cuando recuerdo que Fermina y Florentino quedaron encallados durante una semana en medio de la nada. Así que era me jor dormir en donde fuera a durar encallados sabrá Dios cuánto.

Día 4: el susto
El cuarto día a bordo traía como aliciente la posibilidad de dormir en Yatí, una población ubicada a 5 minutos de Magangue, Bolívar. Era muy emocionante porque desde nuestra llegada a San Pablo no habíamos pisado tierra firme y además porque Julio Cabrera, el otro piloto, me había prometido que de no llegar en el día navegaríamos de noche hasta ese sitio, pues ya en ese punto el nivel de navegabilidad es mucho mejor. Es decir, conocería la navegación nocturna.

Dicho y hecho, no llegamos de día así que después de oscurecer tuvimos que continuar la marcha. De repente el faro se dañó y el río se puso más bravío que nunca, como en una macabra y secreta confabulación.

El Magdalena nos recordó quien mandaba e hizo girar al remolcador con todo y carga. Quedamos como si regresáramos de nuevo a Barrancabermeja. En medio del agite alcanzamos a rozar un montículo de tierra, lo que ocasionó una chispa en uno de los amarres metálicos de los botes. Todos palidecimos y no era para menos, habría podido ocurrir algo grave debido al nivel explosivo de nuestra carga. Agradecí a Dios que en los botes no tuviéramos nafta o ACPM porque son combustibles más volátiles.

Una vez el faro se compuso continuamos la marcha. Al cabo de un rato avistamos el municipio de Magangue.

Las lucecitas navideñas en la iglesia y en varias casas nos indicaban que era el día de las velitas. “Aquí uno se olvida que día es. Sabemos cuando es domingo porque desayunamos chocolate”, dice sonriendo Pablo Mejía, el segundo piloto de la embarcación.

Son las 9:30 de la noche y el día laboral aún no termina. Los marineros ayudan en el atraque del remolcador y organizan nuevamente la carga. Como al día siguiente pasaremos por el canal del Dique que es más estrecho que el río, es necesario rearmar el convoy no de cuatro hileras como ahora sino de dos. “No se puede más ancho. Si hay más botes deben amarrarse no importa el largo, pero siempre de a dos”, dice Eduardo Ramírez otro de los marineros.


El remolcador cuenta con cuatro marineros y un contramaestre quienes
tienen el control permanente de los botes.


A la una de la mañana se termina la tarea de acomodar los botes y nos vamos a descansar. Al quinto día llegamos a Calamar y tomamos enseguida el canal del Dique.

Al final de la tarde volvimos a atracar en un paraje inhóspito. Ese 8 de diciembre tampoco fue celebrado en el remolcador, al contrario, todos dormimos temprano pues la jornada anterior había sido agotadora. Esa noche teníamos como aliciente que al día siguiente terminaríamos de atravesar el Canal y llegaríamos a Cartagena.

El sábado a mediodía, luego de seis días de estar en el agua, ingresamos por fin a la bahía de Cartagena. El paso al mar es pacífico y sólo se nota que cambiamos de escenario por los edificios que se ven a lo lejos y el canto de las gaviotas y pelícanos. El aire ya huele a sal.

Desde la ventana veo varios buques que están abasteciéndose o entregando carga. Son inmensos, incomparables a nosotros. No importa que nuestra carga sea larga, casi como una gran pasarela, al lado de ellos nos vemos insignificantes.

Cuando por fin tocamos tierra tuve sentimientos encontrados, por un lado la alegría de culminar con éxito la travesía, pero por el otro la nostalgia de abandonar a quienes se habían convertido en mi familia y única compañía durante seis días inolvidables.

Al bajar del remolcador me pareció ver a Florentino y a Fermina despidiéndome.
Con ellos se iba una semana macondiana y distinta.

Lo último que recuerdo de la travesía fue al Capitán organizando a los marineros para iniciar el descargue de combustóleo a uno de los tanques de la refinería de Cartagena. Ahí di media vuelta y partí. Iba con una gran sonrisa por el agrado del deber cumplido, sin embargo, ahora que lo pienso, creo que la razón fundamental de mi felicidad era que el retorno a mi casa, sería en avión.

    DOCE REMOLCADORES AL MES

El sistema de transporte fluvial es muy rentable teniendo en cuenta que es el más económico y permite enviar cantidades considerables de carga. Tal vez el principal inconveniente de esta modalidad ocurre en época de sequía, cuando los niveles del río bajan dificultando así la navegación de carga.

Pese a esto, en promedio las dos refinerías atienden 12 remolcadores al mes, ya sea cargando o descargando producto. La mayoría de la carga va desde la refinería de Barrancabermeja a la de Cartagena, en donde despachan el producto dentro del país o fuera de él.

Los combustibles que más se transportan por el río son en su orden, el combustóleo, la nafta craqueada y el ACPM. En lo que va corrido del año se han despachado 5 millones 500 mil barriles de combustóleo, 1 millón 209 mil barriles de nafta craqueada y 1 millón de barriles de ACPM. Otros productos como el alquilato, el gasóleo y la nafta virgen, también son transportados por vía fluvial.
   
   

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