
El sistema
de transporte fluvial es muy rentable
teniendo en cuenta que es el más
económico y permite enviar cantidades
considerables de carga.
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6 días
por el río Magdalena
Sin el romanticismo que narra El
amor en los tiempos del cólera,
y a 15 kilómetros por hora,
una periodista de Carta Petrolera
se embarcó en uno de los remolcadores
que transporta combustibles entre
las refinerías de Barrancabermeja
y Cartagena.
Por: Érika Contreras Gutiérrez
Cuando ví el remolcador
en el que iba a pasar
seis días con sus
noches atracado y silencioso
en el muelle
de la refinería de
Barrancabermeja, recordé de
inmediato
al buque “Nueva Fidelidad”,
aquel testigo
del amor entre Florentino Ariza y
Fermina Daza, protagonistas de El
amor
en los tiempos del cólera.
Y no lo recordé porque tuvieran
alguna similitud en su estructura,
sino
porque ese remolcador, de nombre
Humberto Muñoz, representaba
la
misma fascinación de viajar
por el río
Magdalena.
Este viaje, aunque distinto al que
otrora hicieron los buques de vapor,
seguía siendo mágico.
Ahora se obvia
la gran rueda que servía para
impulsar
los buques y ni se piensa en las
grandes
calderas a vapor. El timón
hidráulico,
el radar de navegación y en
algunos
casos, el aire acondicionado, son
algunas
ventajas de la modernidad con las
que no contaron los personajes de
nuestro
Nóbel.
Un remolcador es una embarcación
pequeña que sirve para empujar
carga
u otras embarcaciones en el mar,
ríos
o canales; y a través de ella
también se
pueden respirar las historias de
cientos
de caseríos y pueblos que
viven a las orillas
del Magdalena.
La misión del remolcador Humberto
Muñoz , de la empresa Naviera
Fluvia l Colombia na, es tra nsportar
combustibles desde la refinería
de
Barrancabermeja a la de Cartagena.
La
carga estaba compuesta por 33.104
barriles
de combustóleo que venían
en 8
botes cisterna y pesaban la no despreciable
suma de 5.175 toneladas.
El combustóleo es elaborado
a partir de productos residuales
que se obtienen
de los procesos de refinación
del petróleo.
Se usa principalmente en hornos,
secadores y calderas. En esta ocasión
debe ser transportado a la refinería
de
Cartagena, para ser mezclado y posteriormente
enviado al extranjero.
Mi tarea era acompañar a la tripulación
del remolcador durante toda la travesía
para conocer al detalle el transporte de
combustibles a través del río. Aunque
a
primera vista pareciera primitivo estar
utilizando el transporte fluvial para mover
hidrocarburos en pleno siglo XXI,
pronto pude identificar las razones de la
rentabilidad de este sistema: mientras
un caballo de fuerza de un remolcador
puede cargar 4.000 kilogramos de peso,
un ferrocarril lleva 500 kg y un tractocamión
solo 150 kg.
En otras palabras, en el río se puede
llevar 8 veces lo que se transporta
por vía férrea y 26 veces lo que
se lleva
por carretera.
Pero si bien la relación fuerza-peso es
interesante, la relación peso-velocidad
es frustrante. Los marineros deben tener
una gran dosis de paciencia pues el
remolcador no va a más de 15 kilómetros
por hora. Esa es la razón para que
los días sean eternos.
El comienzo de la travesía
Una vez terminan de cargar los botes
cisterna, me embarco en el remolcador.
El capitán Jorge Madero me da la
bienvenida y me presenta a la tripulación
que me acompañará por unas horas,
pues tanto él como sus hombres
cambiarán de nave.
De inmediato me informan que es necesario
fraccionar el convoy (conjunto de
botes), es decir, que se debe transportar
primero un grupo de botes y después regresar
por el resto porque los primeros
kilómetros de viaje son de difícil
navegabilidad
para embarcaciones de carga, debido a la poca profundidad
y estrechez
del canal navegable. Por eso primero llevamos
la mitad de los botes y después regresamos
por el faltante.
Pronto se hace de noche, por lo que el capitán
decide atracar en el puente
Guillermo Gaviria Correa, que une
a Barrancabermeja con Yondó. Es decir,
tras seis horas de navegar, yendo y
viniendo, quedamos casi en el mismo
punto como si no hubiésemos salido.
Pregunto porqué no podemos continuar
y la explicación es contundente: “Cuando el río está en
buenas condiciones
navegamos de día y de noche, pero
ya cuando el río empieza a bajar, sólo
se navega de día porque es más fácil
ver
el canal de navegación”, dice el Capitán
Madero y así termina la discusión
antes
de comenzarla.
Día 2: el cargue
A las cinco de la mañana empieza de
nuevo la actividad en el remolcador.
Hay relevo al mando y ahora el capitán
Blas Ariza llevará la nave hasta su puerto
final. Madero se va en el remolcador
Cancharazo río arriba y nosotros bajamos
a recoger la mitad de nuestra carga
nuevamente a Puerto Ahuyama, un
sitio que nunca antes había oído
nombrar
pero que para ese momento ya era
para mí un lugar familiar.
Entre capitán, pilotos, timoneles,
maquinistas, marineros y cocineros
conformaban una tripulación de 16
hombres. Junto a ellos estaba la escolta
de la carga, conformada por soldados
de la infantería de marina.
El personal de la tripulación es muy
experimentado. El capitán Ariza lleva
60 años por las aguas del Magdalena y
los demás llevan, en su mayoría,
más de
20 años como navegantes. Eso me generó tranquilidad.

Una vez en Puerto Ahuyama, los marineros
de la tripulación se dirigen a unir
el convoy. Con lazos de metal logran
amarrar la pesada y larga carga para ubicarla
en 4 hileras cada una conformada
por dos botes. “En la parte de atrás,
centrado
se ubica el remolcador para empujar
la carga”, me explica Rubén Foronda,
uno de los marineros de la tripulación,
quien lleva 23 años en el oficio.
Los marineros jóvenes y musculosos
de mi imaginación son reemplazados
por hombres con canas y entrados
en años, pero con una fuerza increíble
pese a su edad. Todos sobrepasan
los 50 y sin necesidad de espinacas logran
acomodar la pesada carga. Cada
bote está fabricado en láminas de
hierro
que parecen inquebrantables y miden
en promedio 60 metros de largo
por 12 de ancho y dos de profundidad.
Luego de casi 3 horas de trabajo constante
de los marineros, empezamos de
nuevo la travesía.
Había olvidado a Florentino y a
Fermina por dedicarme a luchar contra mi impaciencia.
Al cabo de tantas horas
de batalla campal la desazón empieza
a ceder y me permite disfrutar de la
naturaleza. Me imagino que el remolcador
se transforma en un buque a vapor
y casi veo la gran rueda que los impulsaba,
cuando de pronto el piloto de la
embarcación pita para dar una señal
a
una nave que se aproxima. De nuevo regreso
a mi realidad que definitivamente
es menos romántica.
El verde predomina en el recorrido. Verde a la
derecha, a la izquierda
y hasta en los botes. Aquí el uniforme
de los marineros es diferente al de
Popeye. El blanco inmaculado y el azul
son reemplazados por overoles verdes,
tal y como lo exigen las normas
de Ecopetrol para los funcionarios de
empresas contratistas que le prestan
sus servicios.
Es extraño pero mientras uno cree
que la profundidad del río está en
el
centro se encuentra con que todo es al
revés. En las orillas está lo profundo
y
en el centro las playas. Esto a causa de
la sedimentación del río.
La llegada a Puerto Wilches (Santander)
es festiva. Al paso del remolcador una decena
de pescadores tiran la atarraya para
nutrir su pesca. Al parecer la vibración
de
la embarcación desplaza los pescados a la
orilla, facilitándoles el trabajo.
Rayando las 6 de la tarde arribamos
a San Pablo. El faro es adornado por
centenares de mosquitos en una danza
luminosa, como tratando de darnos
la bienvenida.
“Esos mosquitos tienen taladro”, me
advierte Jeison el ayudante de máquinas. ¿Tienen
repelente?-pregunto ingenua- Todos ríen al unísono. “El único repelente aquí es el menticol” y
rematan brindándome la mágica poción.
Me lo aplico y me voy a dormir
al camarote.
El remolcador consta de tres pisos,
en el primero están las máquinas,
la cocina
y los camarotes de marineros y cocineros,
en el segundo piso se encuentra
el comedor y las habitaciones de pilotos,
timoneles, maquinistas y capitán,
y el tercer piso tiene a un lado los camarotes
de la guardia y la casilla o cabina
de mando.
Lejos de ser un crucero lujoso, las habitaciones
son pequeñas y constan de
una cama sencilla, un ventilador y en
algunos casos televisor, pues la señal de
los canales nacionales alcanza a recibirse en la
mayoría del recorrido.
El remolcador en
el que viajo tiene aire acondicionado y esto lo
hace muy extraño en su especie. Sin embargo,
en el día esta ventaja es casi imperceptible,
puesto que el calor gana la batalla la mayor parte
de las horas. |