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Carta Petrolera
EDICIÓN 116
diciembre 2006
enero 2007


El sistema de transporte fluvial es muy rentable teniendo en cuenta que es el más económico y permite enviar cantidades considerables de carga.

 

6 días por el río Magdalena

Sin el romanticismo que narra El amor en los tiempos del cólera, y a 15 kilómetros por hora, una periodista de Carta Petrolera se embarcó en uno de los remolcadores que transporta combustibles entre las refinerías de Barrancabermeja y Cartagena.


Por: Érika Contreras Gutiérrez

Cuando ví el remolcador en el que iba a pasar seis días con sus noches atracado y silencioso en el muelle de la refinería de Barrancabermeja, recordé de inmediato al buque “Nueva Fidelidad”, aquel testigo del amor entre Florentino Ariza y Fermina Daza, protagonistas de El amor en los tiempos del cólera.

Y no lo recordé porque tuvieran alguna similitud en su estructura, sino porque ese remolcador, de nombre Humberto Muñoz, representaba la misma fascinación de viajar por el río Magdalena.

Este viaje, aunque distinto al que otrora hicieron los buques de vapor, seguía siendo mágico. Ahora se obvia la gran rueda que servía para impulsar los buques y ni se piensa en las grandes calderas a vapor. El timón hidráulico, el radar de navegación y en algunos casos, el aire acondicionado, son algunas ventajas de la modernidad con las que no contaron los personajes de nuestro Nóbel.

Un remolcador es una embarcación pequeña que sirve para empujar carga u otras embarcaciones en el mar, ríos o canales; y a través de ella también se pueden respirar las historias de cientos de caseríos y pueblos que viven a las orillas del Magdalena.

La misión del remolcador Humberto Muñoz , de la empresa Naviera Fluvia l Colombia na, es tra nsportar combustibles desde la refinería de Barrancabermeja a la de Cartagena.

La carga estaba compuesta por 33.104 barriles de combustóleo que venían en 8 botes cisterna y pesaban la no despreciable suma de 5.175 toneladas.

El combustóleo es elaborado a partir de productos residuales que se obtienen de los procesos de refinación del petróleo. Se usa principalmente en hornos, secadores y calderas. En esta ocasión debe ser transportado a la refinería de Cartagena, para ser mezclado y posteriormente enviado al extranjero.

Mi tarea era acompañar a la tripulación del remolcador durante toda la travesía para conocer al detalle el transporte de combustibles a través del río. Aunque a primera vista pareciera primitivo estar utilizando el transporte fluvial para mover hidrocarburos en pleno siglo XXI, pronto pude identificar las razones de la rentabilidad de este sistema: mientras un caballo de fuerza de un remolcador puede cargar 4.000 kilogramos de peso, un ferrocarril lleva 500 kg y un tractocamión solo 150 kg.

En otras palabras, en el río se puede llevar 8 veces lo que se transporta por vía férrea y 26 veces lo que se lleva por carretera. Pero si bien la relación fuerza-peso es interesante, la relación peso-velocidad es frustrante. Los marineros deben tener una gran dosis de paciencia pues el remolcador no va a más de 15 kilómetros por hora. Esa es la razón para que los días sean eternos.

El comienzo de la travesía

Una vez terminan de cargar los botes cisterna, me embarco en el remolcador. El capitán Jorge Madero me da la bienvenida y me presenta a la tripulación que me acompañará por unas horas, pues tanto él como sus hombres cambiarán de nave.

De inmediato me informan que es necesario fraccionar el convoy (conjunto de botes), es decir, que se debe transportar primero un grupo de botes y después regresar por el resto porque los primeros kilómetros de viaje son de difícil navegabilidad para embarcaciones de carga, debido a la poca profundidad y estrechez del canal navegable. Por eso primero llevamos la mitad de los botes y después regresamos por el faltante.

Pronto se hace de noche, por lo que el capitán decide atracar en el puente Guillermo Gaviria Correa, que une a Barrancabermeja con Yondó. Es decir, tras seis horas de navegar, yendo y viniendo, quedamos casi en el mismo punto como si no hubiésemos salido.

Pregunto porqué no podemos continuar y la explicación es contundente: “Cuando el río está en buenas condiciones navegamos de día y de noche, pero ya cuando el río empieza a bajar, sólo se navega de día porque es más fácil ver el canal de navegación”, dice el Capitán Madero y así termina la discusión antes de comenzarla.

Día 2: el cargue
A las cinco de la mañana empieza de nuevo la actividad en el remolcador. Hay relevo al mando y ahora el capitán Blas Ariza llevará la nave hasta su puerto final. Madero se va en el remolcador Cancharazo río arriba y nosotros bajamos a recoger la mitad de nuestra carga nuevamente a Puerto Ahuyama, un sitio que nunca antes había oído nombrar pero que para ese momento ya era para mí un lugar familiar.

Entre capitán, pilotos, timoneles, maquinistas, marineros y cocineros conformaban una tripulación de 16 hombres. Junto a ellos estaba la escolta de la carga, conformada por soldados de la infantería de marina.

El personal de la tripulación es muy experimentado. El capitán Ariza lleva 60 años por las aguas del Magdalena y los demás llevan, en su mayoría, más de 20 años como navegantes. Eso me generó tranquilidad.


Las tres máquinas del remolcador son atendidas por tres técnicos quienes
deben revisar los sistemas de la nave.


Una vez en Puerto Ahuyama, los marineros de la tripulación se dirigen a unir el convoy. Con lazos de metal logran amarrar la pesada y larga carga para ubicarla en 4 hileras cada una conformada por dos botes. “En la parte de atrás, centrado se ubica el remolcador para empujar la carga”, me explica Rubén Foronda, uno de los marineros de la tripulación, quien lleva 23 años en el oficio.

Los marineros jóvenes y musculosos de mi imaginación son reemplazados por hombres con canas y entrados en años, pero con una fuerza increíble pese a su edad. Todos sobrepasan los 50 y sin necesidad de espinacas logran acomodar la pesada carga. Cada bote está fabricado en láminas de hierro que parecen inquebrantables y miden en promedio 60 metros de largo por 12 de ancho y dos de profundidad.

Luego de casi 3 horas de trabajo constante de los marineros, empezamos de nuevo la travesía. Había olvidado a Florentino y a Fermina por dedicarme a luchar contra mi impaciencia. Al cabo de tantas horas de batalla campal la desazón empieza a ceder y me permite disfrutar de la naturaleza. Me imagino que el remolcador se transforma en un buque a vapor y casi veo la gran rueda que los impulsaba, cuando de pronto el piloto de la embarcación pita para dar una señal a una nave que se aproxima. De nuevo regreso a mi realidad que definitivamente es menos romántica.

El verde predomina en el recorrido. Verde a la derecha, a la izquierda y hasta en los botes. Aquí el uniforme de los marineros es diferente al de Popeye. El blanco inmaculado y el azul son reemplazados por overoles verdes, tal y como lo exigen las normas de Ecopetrol para los funcionarios de empresas contratistas que le prestan sus servicios.

Es extraño pero mientras uno cree que la profundidad del río está en el centro se encuentra con que todo es al revés. En las orillas está lo profundo y en el centro las playas. Esto a causa de la sedimentación del río.

La llegada a Puerto Wilches (Santander) es festiva. Al paso del remolcador una decena de pescadores tiran la atarraya para nutrir su pesca. Al parecer la vibración de la embarcación desplaza los pescados a la orilla, facilitándoles el trabajo.

Rayando las 6 de la tarde arribamos a San Pablo. El faro es adornado por centenares de mosquitos en una danza luminosa, como tratando de darnos la bienvenida.

“Esos mosquitos tienen taladro”, me advierte Jeison el ayudante de máquinas. ¿Tienen repelente?-pregunto ingenua- Todos ríen al unísono. “El único repelente aquí es el menticol” y rematan brindándome la mágica poción.

Me lo aplico y me voy a dormir al camarote. El remolcador consta de tres pisos, en el primero están las máquinas, la cocina y los camarotes de marineros y cocineros, en el segundo piso se encuentra el comedor y las habitaciones de pilotos, timoneles, maquinistas y capitán, y el tercer piso tiene a un lado los camarotes de la guardia y la casilla o cabina de mando.

Lejos de ser un crucero lujoso, las habitaciones son pequeñas y constan de una cama sencilla, un ventilador y en algunos casos televisor, pues la señal de los canales nacionales alcanza a recibirse en la mayoría del recorrido.

El remolcador en el que viajo tiene aire acondicionado y esto lo hace muy extraño en su especie. Sin embargo, en el día esta ventaja es casi imperceptible, puesto que el calor gana la batalla la mayor parte de las horas.

   
   
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