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LOS CHOQUES
En suma, los choques más significativos fueron la relajación
de la restricción presupuestal estatal a raíz de los
ingresos esperados del petróleo y la apreciación real.
Los canales de transmisión de estos choques fueron: 1) los
compromisos consignados en temas de justicia y trasferencias por
descentralización en la nueva constitución; 2) la
generosidad con los maestros protocolizada a través de aumentos
salariales substanciales entre 1995 y 1998; 3) el aumento en el
gasto público del Gobierno central asociado con los denominados
Fondos de Cofinanciación; 4) el substancial incremento en
los gastos de los gobiernos subnacionales a raíz de las transferencias
y de su acceso a crédito fresco por parte del sistema financiero;
5) los canales de transmisión hacia el gasto privado fueron
el aumento temporal de ingresos asociado al boom de actividad económica
de mediados de la década, la apreciación real que
afectó positivamente la capacidad de compra de los hogares,
y el mayor acceso a crédito, tanto hipotecario como de consumo.
Las consecuencias fueron el alto endeudamiento estatal, en todos
los niveles de gobierno, y el endeudamiento del sector privado,
tanto en hogares como en empresas. Esta situación de mayor
apalancamiento financiero hizo que estos estamentos sociales fueran
vulnerables a los choques que se presentaron al final de la década.
Los choques negativos a los que estuvo sujeta la economía
en la segunda mitad de los 90 fueron tanto de carácter interno
como externo. Entre los primeros se encuentran la crisis política
experimentada por el juicio al presidente de la república
en el Parlamento y el agravamiento de la situación de violencia
por parte de las Farc y los paramilitares.
En el frente externo hubo choques considerables, representados por
las devaluaciones y aumento en spreads de diferentes economías
de los denominados mercados emergentes, empezando por México
en 1994 y siguiendo con una sucesión que incluyó Rusia,
Brasil, Indonesia, Malasia, Tailandia, Corea, Ecuador y Argentina.
Estas crisis-país conllevaron un ciclo recesivo en América
Latina, que tuvo su peor momento en 1999, al cual también
estuvo sujeta la economía colombiana (ver gráfico
2).
Un último elemento de análisis merece atención:
se ha acusado al Banco Central de enfocarse excesivamente en la
inflación y abandonar cualquier responsabilidad de suavizar
los marcados ciclos que experimentaron la actividad económica
y el empleo. En efecto, la Constitución definió un
rol más focalizado para el Emisor, y éste lo interpretó
de manera aún más extrema, a juzgar por un fallo de
1999 de la Corte Constitucional en el cual se le recordó
que también debía preocuparse por las fluctuaciones
del empleo. Es indudable que la disminución en la inflación,
si bien tiene beneficios de largo plazo ampliamente documentados,
tuvo costos de corto plazo en actividad económica. Implicó
además la reducción de una fuente de ingresos del
Gobierno central. Por último, la casi desaparición
de la actividad de amortiguador de corto plazo que había
cumplido el Banco de la República durante décadas.
En mi opinión, esta última consecuencia se ha debido
a una interpretación extrema por parte de las sucesivas juntas
directivas del Emisor sobre cuál debe ser su meta. El sobre
dimensionamiento de la disminución de la inflación
frente al suavizamiento del ciclo de corto plazo de los negocios
ha sido una escogencia de sus directivas y sus técnicos,
más allá de lo que el mandato constitucional garantizaba.
Para
poder evaluar la incidencia relativa de los distintos fenómenos,
los economistas utilizamos un ejercicio analítico que es
la consideración de escenarios “contra-factuales”,
que consiste simplemente en tratar de responder preguntas como:
¿qué habría pasado si…? Naturalmente,
este ejercicio tiene un carácter tentativo y está
influido por la visión del analista. Pero, a la luz de lo
dicho en los anteriores párrafos, cabe preguntarse ¿qué
habría pasado en ausencia de los hallazgos petroleros? Creo
que no se habrían evitado las fluctuaciones de los 90, pero
su magnitud habría sido menos marcada.
Para empezar, la apreciación real habría sido mucho
menor, con lo cual los auges de gasto de los hogares y las empresas
habrían sido moderados. Del lado del Estado, de seguro la
constitución que se escribió habría sido menos
generosa, así como las leyes y las decisiones del ejecutivo
a lo largo de la década.
El país habría tenido un acceso más limitado
al endeudamiento externo, con lo cual las vulnerabilidades habrían
sido menores.
No obstante, la apertura económica habría actuado
sobre la mayor transmisión de choques externos hacia Colombia,
y la independencia del Emisor le habría quitado su papel
de amortiguador y financiador del gobierno, de tal manera que las
fluctuaciones económicas habrían aumentado en alguna
medida por este concepto. El hueco pensional habría aparecido
de todas maneras, pero los fallos de la Corte en materia de la mesada
catorce y de la pensión gracia de los maestros habrían
sido tal vez menos dadivosos ante un Estado famélico.
En suma, habríamos vivido en un país algo distinto
del de toda la vida, pero nos habríamos ahorrado el frenesí
de gasto, burbuja, implosión, recesión, pobreza, que
ha exhibido Colombia desde 1997.
En los 90 creímos que el choque positivo del petróleo
iba a ser permanente y lo tradujimos en una constitución
garantista y unas leyes generosas. Al hacer esto os volvimos petróleo-dependientes.
Y no vimos el choque negativo de las pensiones, el cual sí
es permanente. La suma de estas dos cosas ha resultado una carga
casi insoportable.
¿QUÉ NOS ESPERA EN EL FUTURO?
La economía colombiana se ha vuelto petróleo- dependiente.
El déficit estatal habría sido mucho mayor en ausencia
de los recursos del petróleo, y el pago de las pensiones
difícilmente sufragable. Por lo tanto, la respuesta de esta
pregunta está ligada a los escenarios de descubrimientos
petrolíferos.
La edición 109 de Carta Petrolera trae las proyecciones con
las que se está contando.
El gráfico 3 muestra cuatro posibles sendas. La más
difícil y realista es el declive de explotación representado
por el área azul clara. A éste se suman las expectativas
en áreas de Ecopetrol y de los asociados, ambas aumentando
la capacidad de explotación entre los años 2005 y
2008. Finalmente, el área más oscura representa el
escenario optimista en el cual la nueva actividad exploratoria arroja
un crecimiento en la producción petrolera a partir de 2009.

Las proyecciones fiscales del Gobierno contemplan el tercer escenario,
en el cual se materializan las expectativas de Ecopetrol y los asociados.
Nuestras proyeccciones son más sombrías que las del
Gobierno y creemos que se deben hacer cuentas tan sólo con
el escenario azul claro.
Así las cosas, adelantamos un ejercicio de simulación
sobre cuánto le cuesta al Estado la no materialización
de sus expectativas.
El resultado está en el gráfico 4. Dicho ejercicio1
arrojó una pérdida para el consolidado
del sector público, representada por las áreas roja
y azul de los bloques para cada año. El monto de pérdida
fiscal (aumento del déficit consolidado del sector público)
es substancial desde el año 2007, cuando alcanza 0,8% del
PIB. En adelante crece hasta llegar al 1,23% del PIB en 2010 (áreas
roja y azul). Estos recursos tendrían que ser reemplazados
por mayor actividad económica o por mayores tributos o ambos.
Curiosamente, la conclusión que se deriva de este ejercicio
es que el hecho indeseable de habernos convertido en petróleo-dependientes
nos lleva a tener que buscar desesperadamente los recursos para
que las proyecciones del gráfico 4 no se realicen.
Las preguntas más acuciosas son entonces: ¿cuándo
vamos a descubrir petróleo de nuevo? ¿cuánto
vamos a descubrir? Y ¿cómo lo vamos a usar una vez
aparezca? Sobre las primeras dos, estamos esperando que el nuevo
contrato que se ha venido perfeccionando en los últimos años
haya generado los incentivos para volver a poner al país
en el mapa petrolero mundial. Ahora bien, con respecto al uso que
se le debe dar al petróleo en el caso de que haya hallazgos
importantes, aventuro una hipótesis: si apareciera un Cusiana
sería casi imposible no repetir lo que sucedió en
la década pasada.
¿Cómo evitar esto? Creo que la única forma
es pasar una ley en frío, justo ahora, antes de que se conozca
la verdadera magnitud de un futuro descubrimiento.
Sólo así podemos evitar la política de rapiña
que se activa una vez hay un botín a la vista. La situación
fiscal del país demanda una seria definición de prioridades
para un eventual hallazgo. De la misma manera, los efectos cambiarios,
con claras manifestaciones a lo largo de la década pasada,
también deben ser tenidos en cuenta. Muchos países
han sucumbido ante la enfermedad holandesa.
Por último, el escenario opuesto también debe ser
confrontado con medidas prontas. El gráfico 4 ilustra las
consecuencias de que no haya éxito en el frente exploratorio
o en las expectativas de mayor extracción. Sería conveniente
que el Gobierno tomara como su escenario base la proyección
de este cuadro, en lugar de hacer cuentas alegres que pueden posponer
decisiones cruciales.

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