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PETRÓLEO-DEPENDENCIA
Una de las preguntas más apremiantes sobre el desempeño
económico de Colombia es: ¿qué sucedió
en los años 90? Es decir ¿cómo pasó
la economía colombiana de las mieles de la prosperidad en
1995 a su peor recesión en décadas en 1999? En efecto,
aún hoy los gobiernos siguen luchando por manejar las consecuencias
de los acontecimientos de la década pasada. El más
notorio de ellos, que aún no encuentra una solución,
es el terco déficit de las finanzas públicas y la
acumulación de deuda resultante. ¿Por qué se
ha convertido éste en un problema endémico del cual
no se vislumbra una solución permanente? ¿Cómo
un país que —tal como lo ilustra el gráfico
1— había logrado mantener su déficit fiscal
oscilando entre -3% y +2% del PIB a lo largo de noventa años,
y su deuda pública fluctuando entre 5% y 30% del PIB en el
mismo lapso, perdió casi por completo el control de estas
dos variables clave? En efecto, el manejo austero de Colombia en
términos de sus finanzas públicas, y su capacidad
para corregir rápidamente los errores, la habían destacado
entre las economías latinoamericanas. Por esto resulta tan
notorio lo acontecido luego de 1995.
Las preguntas planteadas son difíciles de contestar. Primero,
porque es una década caracterizada por una serie larga de
fenómenos, todos ellos de profundo impacto en la estructura
institucional y económica del país. Y segundo, porque
en esta década, tal vez como en ninguna otra desde la instauración
del Frente Nacional, en 1958, se abrió el espectro ideológico
de discusión acerca de cómo guiar mejor el curso de
la economía hacia la prosperidad.
Los planteamientos de “centro-izquierda” y “centro-derecha”
han vuelto al debate económico, económico, lo cual
debe ser bienvenido. En efecto, la internacionalización de
la economía intentada a principios de la década por
el gobierno Gaviria, y la agenda más de corte social-demócrata,
promovida por el gobierno Samper, han recuperado el debate de fondo
sobre la orientación económica de las políticas
públicas. Lamentablemente, de las iniciativas constitucionales
y legislativas adelantadas durante esos ocho años y de la
emergencia del problema pensional a lo largo de la década,
se derivó un problema fiscal mayúsculo que ha relegado
a un segundo lugar la importancia del debate, dada la urgencia de
resolver el problema fiscal. Esta fue la preocupación central
del gobierno Pastrana en el frente económico. Para ilustrar
la dificultad de interpretar nuestro pasado reciente baste enumerar
algunos de los fenómenos más sobresalientes:
- Sustanciales descubrimientos petroleros desde 1983 a 1994.
- Destape del problema pensional.
- Auge de las exportaciones de cocaína, con efectos en
la sociedad y las instituciones.
- Agudización del conflicto, financiado de forma creciente
con secuestros, narcotráfico y corrupción municipal.
- Aumento en el precio de la tierra cultivable a raíz de
la demanda con base en dineros ilícitos.
- Nueva Constitución con un componente de nuevas entidades,
en especial en el sector judicial, con independencia del Banco
Central y profundización de la descentralización
de los sectores salud y educación, que otorgó a
los municipios y departamentos una participación directa
en los recursos de la nación.
- Apertura económica en un ambiente internacional de globalización.
- Crisis de la deuda hipotecaria, como consecuencia de una burbuja
de precios de vivienda que indujo a familias y empresas a volcar
sus activos a favor de la finca raíz en los primeros ocho
años de los 90.
- Reforma a los sectores de salud y educación con inmensa
inyección de recursos, muchos de los cuales se destinaron
a aumentos salariales de maestros, a contrataciones y prebendas
laborales desmesuradas en hospitales públicos.


Ahora bien, es esencial tener una buena comprensión de lo
acontecido en esa década, pues de ello depende la mezcla
de políticas que se propongan para reorientar la economía
hacia la prosperidad, y evitar repetir el descalabro vivido en los
años del cambio de siglo. Si bien es difícil priorizar
la lista de factores presentada, según mi criterio fue el
choque petrolero la mayor causa individual de los acontecimientos
vividos en la década pasada. Esto implica que el manejo del
auge petrolero de los 90 no fue el más indicado.
La causa de dicho manejo difícilmente puede ser atribuible
a un grupo específico de “hacedores de política”,
como serían los ministros de minas, los gerentes de Ecopetrol
o los equipos económicos de las sucesivas administraciones.
Si bien alguna responsabilidad les cabe, la orientación del
manejo de los recursos del boom petrolero se derivó de decisiones
políticas profundas de la sociedad como un todo.
En efecto, una pregunta que surge del gráfico 1 es: ¿por
qué una sociedad, o una dirigencia, que a lo largo de noventa
años había revelado una preferencia por la estabilidad
y por fluctuaciones moderadas de sus desequilibrios fiscales y su
endeudamiento público, decide cambiar drásticamente
esa escogencia? Esto sucede de forma marcada desde principios de
los años 90 y se afianza a lo largo de la década.
¿QUÉ NOS PASÓ?
Se
han atribuido estos cambios a la nueva Constitución Política
expedida en 1991. Considero que la Constitución fue más
el vehículo, el “cómo” de este proceso.
Pero lo que debemos explicar es su por qué. Es decir, la
pregunta se podría reformular en el sentido de: ¿por
qué una sociedad, o una dirigencia que se había cuidado
que los compromisos jurídicos a cargo del presupuesto público
no excedieran sistemáticamente los recursos de impuestos,
contribuciones y excedentes de las empresas del Estado, decide asignar
al presupuesto del Gobierno nacional una carga de obligaciones de
gasto muy superior a sus recursos de largo plazo? ¿Qué
puede justificar este extraño comportamiento, justamente
en aquel país que se había destacado en América
Latina por su ecuanimidad fiscal? ¿De repente se volvió
irresponsable la dirigencia colombiana y produjo una constitución
y una legislación irresponsablemente generosa a lo largo
de los años 90? Estas preguntas no han sido planteadas hasta
ahora, al menos hasta donde alcanza mi conocimiento.

Se debe tener presente el hecho de que el frenesí de gasto
afectó no sólo al Gobierno central o a los departamentos
y municipios, sino también a las empresas y a los hogares
colombianos. La prueba de ello fue la crisis concomitante de los
sectores empresariales a raíz de las deudas adquiridas a
lo largo de este período tanto en dólares como en
pesos (Echeverry et al. 2003); y la crisis de la deuda hipotecaria
que aquejó a los hogares colombianos y destruyó el
sistema UPAC.
El comportamiento eufórico de gasto aquejó a los gobiernos,
firmas y familias. De nuevo, ¿qué fenómeno
puede producir un movimiento masivo de esta magnitud hacia el gasto
desmesurado, en un Estado, unas familias y unas empresas tradicionalmente
acostumbrados a ser moderados en el gasto? Se ha argumentado que
la llegada de flujos de narcotráfico, o la incidencia de
la guerrilla y el conflicto, pueden explicar los hechos de los 90.
Naturalmente parte de la explicación radica en estos fenómenos.
Pero es difícil creer que los hogares y las firmas colombianas
decidieran gastar sistemáticamente por encima de sus ingresos
de largo plazo a raíz de la aparición de más
secuestros, más ataques guerrilleros y más narcotráfico.
Por el contrario, estos hechos pondrían en alerta a una sociedad.
En el caso de Colombia, coincidieron con que la sociedad bajara
la guardia y se debilitara institucional y económicamente.
La causa singular más importante, en mi opinión, es
el masivo influjo de recursos petroleros derivado de los hallazgos
de los años 80 y principios de los 90. A la misma se sumaron
los ingresos ilícitos originados por el narcotráfico
y el breve boom de capitales experimentado por Colombia.
¿Por qué, en mi opinión, el fenómeno
de gasto desmesurado de los 90 es atribuible más al petróleo
que a los influjos de capitales o al ingreso de dólares del
narcotráfico? La razón es que sólo al primero
se le puede atribuir el cambio en el consenso estatal hacia una
política agresiva de gasto. En efecto, de los tres elementos
mencionados es aquel que más incidió en aumentar los
ingresos del Estado. Los influjos de capital sólo lo fueron
en la medida que pagaron privatizaciones, las cuales en Colombia
fueron relativamente pequeñas. Y los flujos de dólares
ilegales normalmente no pagan impuestos.
Ahora bien, a los influjos de capital y a los dólares del
narcotráfico les corresponde parte de la responsabilidad
por la apreciación real observada durante buena parte de
los 90. Es indudable que el fortalecimiento del peso fue un determinante
crítico del boom del gasto del sector privado, tanto para
las familias como para las empresas. Para completar el cuadro, la
apreciación real recibió un impulso adicional proveniente
del deterioro de las finanzas públicas y las necesidades
de financiación del Estado.
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