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EN LAS ENTRAÑAS DE GIBRALTAR
Han pasado poco más de dos años desde que Ecopetrol
decidió invertir en el proyecto Gibraltar y son importantes
los volúmenes que desde entonces han corrido bajo el puente:
no solo de agua —que también la ha habido— sino
de gas y petróleo, y sobre todo de tinta.
Es mucho lo que se ha dicho y escrito, algunas veces más
incendiario que lo que produce Gibraltar. Las antagónicas
opiniones y posiciones han creado un panorama confuso acerca de
la realidad del proyecto; y un halo de duda sobre la capacidad y
entereza del equipo técnico que ha trabajado en él.
En este escrito hago un recuento parcial de lo que ha sido mi experiencia
en Gibraltar y pretendo contribuir al entendimiento de la realidad
de este campo como proyecto, y de las implicaciones que tiene para
el país y para Ecopetrol. Serían las 7:40 de la mañana
de un día de diciembre de 2002. Contra todo pronóstico,
pues había muchos que apostaban a que me convertiría
en un número más de la diáspora colombiana,
entraba al piso 12 del edificio de Colgas, donde quedaba la entonces
Gerencia de Yacimientos. Regresaba luego de cuatro años y
medio, durante los cuales tuve la oportunidad de explorar con mayor
profundidad algunas áreas de la ingeniería de yacimientos
y de la geofísica.
En Yacimientos me estaban esperando para que participara en el seguimiento
a la perforación y pruebas de formación del proyecto
Gibraltar. Me comprometí nuevamente con el trabajo de campo
—algo de lo que uno difícilmente se desprende—,
a pesar de las recomendaciones de mi familia que, por las condiciones
de inseguridad que en ese momento vivía el país, me
aconsejaba lo contrario.
Había
seguido la evolución del proyecto con relativa cercanía
mientras adelantaba mis estudios. Y sabía de la calidad del
equipo de trabajo: Jaime Muñoz, Néstor Meza, John
Jairo Aristizábal, Andrés Fajardo, Javier Sánchez,
Alejandro Salgado —entre otros—, además del excelente
grupo de soporte del Instituto Colombiano del Petróleo, que
ha sido crucial para el desarrollo del proyecto. Yo quedaría
a cargo de liderar todo lo referente a yacimientos y pruebas de
formación, ante el inminente retiro de quienes estaban liderando
estas actividades.
Habiendo estado lejos de los “fierros” durante un buen
tiempo, consideré prudente solicitar el apoyo de Pedro Luna,
a quien conocía de los tiempos del estudio integrado de yacimientos
del Campo La Cira-Infantas.
Mientras Juan Velasco lidiaba y superaba los carbones de la formación
Los Cuervos, que nos obligaron a realizar dos sidetracks, con Pedro
preparábamos la logística para las pruebas de formación.
Finalmente logramos perforar el primer objetivo exploratorio, la
formación Barco, y se llegó el momento de correr los
registros eléctricos.
Una de las herramientas de registro — el multiprobador de
formaciones (MDT), que aporta información muy concluyente—
no pasó al correrla con cable por estar el hueco un poco
apretado a cierta profundidad. Tratamos entonces de correrla con
tubería, pero no lo logramos. A pesar de no haber podido
correr el MDT, los resultados de las otras herramientas eran promisorios:
los registros resistivos marcaban lecturas muy altas, lo que usualmente
es un buen indicio de presencia de hidrocarburos. El registro de
imágenes, que muestra una especie de fotografía de
la formación, indicaba claramente que las areniscas de la
formación Barco estaban fracturadas, lo cual permitía
pronosticar una excelente productividad. Todo indicaba que estábamos
ad portas de un importante descubrimiento.
COMIENZA LA MONTAÑA RUSA
El ánimo no podía ser mejor. Al final del día,
nuestra interpretación fue correcta solo en parte. El pozo
produjo caudales muy altos… pero de agua dulce, con muy leves
trazas de hidrocarburos. Los resultados nos tomaron por sorpresa,
pues si bien es un comportamiento conocido en otras áreas,
era la primera vez que veíamos en el piedemonte llanero un
registro con valores tan altos de resistividad, sin haber petróleo
en la formación.
Una de las metas principales del explorador es comprobar el tipo
de fluidos — cualquiera que este sea— que se encuentra
en un objetivo exploratorio. Los esfuerzos que se hagan por alcanzar
esta meta con el menor grado de incertidumbre están generalmente
bien justificados. No pocas veces, sin embargo, el deseo del explorador
por encontrar petróleo ha llevado a la negación de
resultados evidentes, y ha conducido a decisiones que rayan con
la necedad. Gibraltar fue uno de estos casos. La formación
Barco se probó hasta la saciedad (cinco pruebas) sin que
el resultado cambiara: agua dulce, con gas en solución.
El ánimo no podía ser peor. Lo mejor para superar
este tipo de resultados es relajarse.
A sabiendas de que los bikinis y los cuerpos curvilíneos
contribuyen al objetivo, decidí aprovechar unos días
libres e irme a la playa, a despejar la mente. Mientras tanto, en
el pozo balanceaban tapones de cemento, para aislar la sección
inferior del pozo, antes de probar el segundo objetivo exploratorio:
la formación Mirador. La información de Mirador era
más clara y concluyente: la probabilidad de encontrar hidrocarburos
era muy alta. El ejercicio de relajación funcionó
solo momentáneamente, pues, como en todo proceso exploratorio,
al momento de las pruebas de formación todas las miradas
se vuelven hacia el pozo, y la adrenalina sube.
Esta
vez la interpretación era la correcta, y tan pronto como
se accionaron los cañones tuvimos manifestaciones de fluidos
en superficie. El pozo produjo con tanta fuerza que la vigorosa
expansión del gas en el extremo de la tubería hacía
un ruido ensordecedor, que obligaba al uso de protección
auditiva en toda la locación. El área de quemado,
a pesar de su tamaño, se quedó pequeña: el
quemadero era todo un infierno. La presión con que salía
el gas alejaba la llama del extremo del tubo. Tuvimos que ensamblar
una tenaza en el quemadero durante uno de los cierres del pozo,
para distribuir la salida del gas, y de esta manera reducir el ruido,
la altura de la llama y la luminosidad.
Tomamos la primera muestra de condensado, tesoro de gran valor histórico,
que compartí con Jaime Muñoz, líder del proyecto,
y con Agustín Villamil, el representante del Ministerio de
Minas y Energía. El júbilo era total. La satisfacción,
indescriptible.
Fue entonces, en medio del regocijo, cuando Jairo Tobacía
—el supervisor de pruebas de la compañía que
nos suministró los servicios de separación y medición
de fluidos— se acercó con una probeta. A contraluz
de las lámparas del taladro, rayando las once de la noche,
se veía un fluido translúcido e incoloro sobre el
cual sobrenadaba un condensado opalescente. Las palabras de Tobacía
sonaron a sentencia: “Andrés, estamos viendo un alto
corte de agua”. Se acababa la fiesta, bajaba la montaña
rusa. Se lo comuniqué a Jaime, quien se fue decepcionado
a tratar de dormir la noticia en el trailer que compartía
con Javier Sánchez. A las cuatro de la mañana, un
golpe en la mesa de noche interrumpió el sueño de
Javier y lo dejó sentado en la cama. “Montaña
rusa &$#%&!!”, gritó Jaime antes de salir del
trailer para irse a averiguar lo que había pasado con el
alto corte de agua.
Recién entrada la mañana pedimos una muestra de lo
que estaba produciendo el pozo, y para comprobar si era agua o no,
decidimos verterla en un cenicero y tratar de encenderla con una
fosforera. El cenicero se hizo trizas al encenderse el líquido.
Además de un cenicero menos, teníamos una contaminación
del fluido con el glicol que estábamos usando para prevenir
la formación de hidratos de gas en la tubería. No
había agua. Volvieron los abrazos y las sonrisas. Así
nació una de las anécdotas más célebres
del proyecto. |