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Carta Petrolera
EDICIÓN 110 octubre - noviembre


 

 

EN LAS ENTRAÑAS DE GIBRALTAR

Han pasado poco más de dos años desde que Ecopetrol decidió invertir en el proyecto Gibraltar y son importantes los volúmenes que desde entonces han corrido bajo el puente: no solo de agua —que también la ha habido— sino de gas y petróleo, y sobre todo de tinta.
Es mucho lo que se ha dicho y escrito, algunas veces más incendiario que lo que produce Gibraltar. Las antagónicas opiniones y posiciones han creado un panorama confuso acerca de la realidad del proyecto; y un halo de duda sobre la capacidad y entereza del equipo técnico que ha trabajado en él.
En este escrito hago un recuento parcial de lo que ha sido mi experiencia en Gibraltar y pretendo contribuir al entendimiento de la realidad de este campo como proyecto, y de las implicaciones que tiene para el país y para Ecopetrol. Serían las 7:40 de la mañana de un día de diciembre de 2002. Contra todo pronóstico, pues había muchos que apostaban a que me convertiría en un número más de la diáspora colombiana, entraba al piso 12 del edificio de Colgas, donde quedaba la entonces Gerencia de Yacimientos. Regresaba luego de cuatro años y medio, durante los cuales tuve la oportunidad de explorar con mayor profundidad algunas áreas de la ingeniería de yacimientos y de la geofísica.
En Yacimientos me estaban esperando para que participara en el seguimiento a la perforación y pruebas de formación del proyecto Gibraltar. Me comprometí nuevamente con el trabajo de campo —algo de lo que uno difícilmente se desprende—, a pesar de las recomendaciones de mi familia que, por las condiciones de inseguridad que en ese momento vivía el país, me aconsejaba lo contrario.
Había seguido la evolución del proyecto con relativa cercanía mientras adelantaba mis estudios. Y sabía de la calidad del equipo de trabajo: Jaime Muñoz, Néstor Meza, John Jairo Aristizábal, Andrés Fajardo, Javier Sánchez, Alejandro Salgado —entre otros—, además del excelente grupo de soporte del Instituto Colombiano del Petróleo, que ha sido crucial para el desarrollo del proyecto. Yo quedaría a cargo de liderar todo lo referente a yacimientos y pruebas de formación, ante el inminente retiro de quienes estaban liderando estas actividades.
Habiendo estado lejos de los “fierros” durante un buen tiempo, consideré prudente solicitar el apoyo de Pedro Luna, a quien conocía de los tiempos del estudio integrado de yacimientos del Campo La Cira-Infantas.
Mientras Juan Velasco lidiaba y superaba los carbones de la formación Los Cuervos, que nos obligaron a realizar dos sidetracks, con Pedro preparábamos la logística para las pruebas de formación. Finalmente logramos perforar el primer objetivo exploratorio, la formación Barco, y se llegó el momento de correr los registros eléctricos.
Una de las herramientas de registro — el multiprobador de formaciones (MDT), que aporta información muy concluyente— no pasó al correrla con cable por estar el hueco un poco apretado a cierta profundidad. Tratamos entonces de correrla con tubería, pero no lo logramos. A pesar de no haber podido correr el MDT, los resultados de las otras herramientas eran promisorios: los registros resistivos marcaban lecturas muy altas, lo que usualmente es un buen indicio de presencia de hidrocarburos. El registro de imágenes, que muestra una especie de fotografía de la formación, indicaba claramente que las areniscas de la formación Barco estaban fracturadas, lo cual permitía pronosticar una excelente productividad. Todo indicaba que estábamos ad portas de un importante descubrimiento.

COMIENZA LA MONTAÑA RUSA

El ánimo no podía ser mejor. Al final del día, nuestra interpretación fue correcta solo en parte. El pozo produjo caudales muy altos… pero de agua dulce, con muy leves trazas de hidrocarburos. Los resultados nos tomaron por sorpresa, pues si bien es un comportamiento conocido en otras áreas, era la primera vez que veíamos en el piedemonte llanero un registro con valores tan altos de resistividad, sin haber petróleo en la formación.
Una de las metas principales del explorador es comprobar el tipo de fluidos — cualquiera que este sea— que se encuentra en un objetivo exploratorio. Los esfuerzos que se hagan por alcanzar esta meta con el menor grado de incertidumbre están generalmente bien justificados. No pocas veces, sin embargo, el deseo del explorador por encontrar petróleo ha llevado a la negación de resultados evidentes, y ha conducido a decisiones que rayan con la necedad. Gibraltar fue uno de estos casos. La formación Barco se probó hasta la saciedad (cinco pruebas) sin que el resultado cambiara: agua dulce, con gas en solución.
El ánimo no podía ser peor. Lo mejor para superar este tipo de resultados es relajarse.
A sabiendas de que los bikinis y los cuerpos curvilíneos contribuyen al objetivo, decidí aprovechar unos días libres e irme a la playa, a despejar la mente. Mientras tanto, en el pozo balanceaban tapones de cemento, para aislar la sección inferior del pozo, antes de probar el segundo objetivo exploratorio: la formación Mirador. La información de Mirador era más clara y concluyente: la probabilidad de encontrar hidrocarburos era muy alta. El ejercicio de relajación funcionó solo momentáneamente, pues, como en todo proceso exploratorio, al momento de las pruebas de formación todas las miradas se vuelven hacia el pozo, y la adrenalina sube.
Esta vez la interpretación era la correcta, y tan pronto como se accionaron los cañones tuvimos manifestaciones de fluidos en superficie. El pozo produjo con tanta fuerza que la vigorosa expansión del gas en el extremo de la tubería hacía un ruido ensordecedor, que obligaba al uso de protección auditiva en toda la locación. El área de quemado, a pesar de su tamaño, se quedó pequeña: el quemadero era todo un infierno. La presión con que salía el gas alejaba la llama del extremo del tubo. Tuvimos que ensamblar una tenaza en el quemadero durante uno de los cierres del pozo, para distribuir la salida del gas, y de esta manera reducir el ruido, la altura de la llama y la luminosidad.

Tomamos la primera muestra de condensado, tesoro de gran valor histórico, que compartí con Jaime Muñoz, líder del proyecto, y con Agustín Villamil, el representante del Ministerio de Minas y Energía. El júbilo era total. La satisfacción, indescriptible.
Fue entonces, en medio del regocijo, cuando Jairo Tobacía —el supervisor de pruebas de la compañía que nos suministró los servicios de separación y medición de fluidos— se acercó con una probeta. A contraluz de las lámparas del taladro, rayando las once de la noche, se veía un fluido translúcido e incoloro sobre el cual sobrenadaba un condensado opalescente. Las palabras de Tobacía sonaron a sentencia: “Andrés, estamos viendo un alto corte de agua”. Se acababa la fiesta, bajaba la montaña rusa. Se lo comuniqué a Jaime, quien se fue decepcionado a tratar de dormir la noticia en el trailer que compartía con Javier Sánchez. A las cuatro de la mañana, un golpe en la mesa de noche interrumpió el sueño de Javier y lo dejó sentado en la cama. “Montaña rusa &$#%&!!”, gritó Jaime antes de salir del trailer para irse a averiguar lo que había pasado con el alto corte de agua.
Recién entrada la mañana pedimos una muestra de lo que estaba produciendo el pozo, y para comprobar si era agua o no, decidimos verterla en un cenicero y tratar de encenderla con una fosforera. El cenicero se hizo trizas al encenderse el líquido. Además de un cenicero menos, teníamos una contaminación del fluido con el glicol que estábamos usando para prevenir la formación de hidratos de gas en la tubería. No había agua. Volvieron los abrazos y las sonrisas. Así nació una de las anécdotas más célebres del proyecto.

 

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