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LA BUENA EDUCACIÓN
Caminar casi media hora hasta un
puerto, tomar una canoa y cruzar un río para llegar al colegio
no es precisamente la rutina que sigue la mayoría de estudiantes
en Colombia.
Sin embargo, fue la única forma que Marco Antonio Pavón
conoció y utilizó durante seis años para sacar
adelante sus estudios de secundaria.
En medio de cerdos, conejos y pescados en sus clases de vocacional
agrícola, este estudiante, que domina más de 23 diferentes
dialectos de su región, se las arregló para obtener
los mejores resultados académicos y ser catalogado como uno
de los mejores bachilleres de Colombia. En representación
del departamento de Vaupés, Pavón fue uno de los 33
bachilleres premiados por Ecopetrol y el Gobierno nacional por su
excelencia académica. Primero en un céntrico hotel
de Bogotá, y luego en el Palacio de Nariño, Marco
Antonio pudo conocer una parte de ese mundo urbano del que solo
había escuchado por los comentarios de los capitanes de aviones
que él ayudaba a cargar en el aeropuerto de su natal Mitú.
Era ahí, en ese aeropuerto en el que no pueden aterrizar
aviones mientras no se hagan a un lado los animales que lo circundan,
donde el muchacho conseguía los pesos que le entregaba cada
noche a doña Patricia, su madre, para ayudar en el sostenimiento
de la familia. A veces, la situación económica del
hogar era tan difícil que Marco Antonio había descartado
la posibilidad de estudiar una carrera profesional. Ya en Bogotá,
junto con sus compañeros, recordó que alguna vez escuchó
hablar de las potencialidades geológicas de su región
y se decidió por ingeniería de petróleos.
La que también sintió inclinaciones de ser ingeniera
fue Rosemary Jay Pang, una niña sanandresana que, pese a
terminar su secundaria en Tunja, fue destacada como la mejor bachiller
por las negritudes. Experta en reggae, la joven se trasladó
a Bogotá y ya hace sus primeros pinitos para convertirse
en ingeniera química.
Como ellos dos, otros 33 bachilleres tuvieron la oportunidad de
compartir sus experiencias de vida durante dos días y de
sentir el orgullo de representar a las regiones de donde son oriundos.
EL
EVENTO
Como sucede tradicionalmente, la cita de los bachilleres en esta
ocasión fue en el Palacio de Nariño, donde la primera
dama, Lina de Uribe, presidió la ceremonia de entrega de
las becas mediante las que Ecopetrol les garantiza a estos colombianos
pilosos el pago de sus carreras profesionales. Todos ellos, expectantes,
alegres y nerviosos, estuvieron en un acto que se volvió
muy emotivo cuando Paola Andrea Cardona —invitada especial
a la ceremonia y quien en 1995 había sido elegida la mejor
bachiller por el departamento del Meta— tocó las fibras
más íntimas de las generaciones que la escuchaban.
En su silla de ruedas, la misma que la acompaña desde hace
cuatro años luego de que sufriera un accidente que casi le
cuesta la vida, la profesional agradeció la ayuda de Ecopetrol
y dio un testimonio de superación que fue respondido con
calurosos aplausos.
“Tal vez ustedes piensen que mantener durante cinco años
la beca es un reto difícil de enfrentar, pues no todo el
tiempo se tiene la misma disposición para estudiar.
Yo lo sé, ya que estuve a punto de abandonar mi carrera después
del accidente, pero les digo que confíen en sus capacidades,
que escojan una profesión que en realidad los motive y que
continúen con la misma dedicación que los trajo hoy
a donde están”, dijo.
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EN
POCAS PALABRAS
- El programa nació en 1986
y fue creado a la par con la Dirección de Relaciones
con la Comunidad, área encargada de estrechar los
lazos de la empresa con los colombianos, especialmente con
aquellos que habitan en las zonas de influencia y operación.
- La primera versión premió
a siete estudiantes y desde el año pasado se reconoce
a los 35 mejores bachilleres de cada año: uno por
cada departamento, uno por Bogotá, uno por las comunidades
indígenas y otro por las negritudes.
- Durante los 18 años del programa
se ha premiado a 403 bachilleres.
- El primer indígena premiado
con la beca fue Roberto Daxara, de una comunidad motilona.
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